viernes, 3 de diciembre de 2010

Manchas de vino


Manchas de vino


Una mancha de vino en el mantel nos indicaba que todo seguía igual, nada había cambiado a pesar de las promesas realizadas entre lágrimas una y otra vez. Debajo de la camilla oía los gritos que él lanzaba. Los golpes en el cristal retumbaban en mis oídos y yo refugiada en el miedo tapaba los insultos.
Los pasos se trasladaban a la cocina, yo temblaba. Sin saber que hacer rezaba al Dios, en el que entonces creía, una y otra vez pidiendo que por favor no pasara nada. Rogando que el cajón de los cubiertos no se abriera, suplicando no escuchar el ruido del metal.
Las amenazas volaban por el pasillo. Se dirigió a ella con toda la rabia que en esos momentos le poseía y le dio un bofetón seguido del empujón que acabó en un golpe seco contra el radiador.
Ella se cubría con los brazos, intentando que el dolor no penetrara en sus adentros, pero ya era tarde. Demasiado tarde. Como siempre.
El tiempo se hacía interminable, era como si el día se hubiera propuesto que los minutos no pasaran. Lento muy lento. Una tortuga se encargaba de mover el segundero y los alfileres que componían el reloj se habían clavado en las tres.
Cuando el portazo consiguió que las paredes temblaran supe que por el día de hoy el acto de esta obra, "el drama de nuestra vida", había alcanzado su fin. Repté por el suelo hasta alcanzar a mi madre. Ella seguía allí tirada, sin saber que hacer, sin reaccionar, intentando que las lágrimas no profundizaran en su piel. Quería ser fuerte, pero no sabía que callando lo único que hacía era permitir que el telón se volviera a abrir.
La abracé tan fuerte como pude y muy despacio para no hacerle daño.
- Lo siento - le dije agarrada a su pecho.
Nos levantamos descubriendo que las piernas no respondían a nuestros intentos. Las mías por el terror que aún me invadía, las suyas...
- Ahora vengo mami, no te preocupes
Bajé las escaleras agarrándome a la barandilla tan fuerte que a penas mis manos resvalaban por la misma. El timbre dio la señal para que el único vecino de confianza de todo el edificio abriera la puerta. Los demás sabían que pasaba. Nunca hicieron nada.
Me vio tan asustada que ni preguntó. Me cogió entre sus brazos y me devolvió a casa al lado de mi madre.
- Traigo ayuda.
- Estoy bien, no llames a la policía. Se me pasará enseguida.
Apretaba mi mano y me miró a los ojos. Ambas sabíamos que esta vez era diferente. No se curaría tan deprisa, al menos no podría disimular las señales con maquillaje. Las sombras de ojos y el colorete no tapaba la invalidez.
Las sirenas de la ambulancia se acercaban. La gente de la calle se apelotonaba en el portal, los balcones se llenaban de seres que vivían en nuestro escenario. Cuchicheaban. Ni si quiera eran capaces de mirarnos a la cara, ni el policía del octavo izquierda fue capaz de preguntar.
No me dejaron ir con ella. Mi vecino, el de confianza, la siguió en el coche y yo en el asiento de atrás rezaba de nuevo para que todo fuera producto de una mala pesadilla.
Por la ventanilla y a lo lejos, pude distinguir la figura del que decía ser mi padre, bebiendo y riendo con los amigos en un bar del barrio. Ajeno a la realidad seguía en su cuento ahogado de alcohol.
A mi madre la internaron en un hospital privado que mi abuela se encargó de pagar, la custodia la consiguió ella ya que mi madre no podría cuidarme y yo era demasiado pequeña para hacer lo justo pero del revés.
Una orden de alejamiento y un par de meses en la cárcel fue el premio que ganó mi padre, el mio fue alejarme de mi madre y después de la muerte de mi abuela volver con él ya que no había familia alguna a nuestro alrededor.
Hasta la mayoría de edad, siete años después, viví, por llamarlo de alguna manera, encerrada en mi misma, temerosa de cualquier paso en falso, del ruido de las llaves girando la puerta, del olor a esas manchas que el mantel seguía teniendo día sí y día también...
Cuando escapé del suplicio volví al lado de mi madre, a la que nunca abandoné si no contaba cuando me escondía debajo de la mesa cubierta por las faldillas. Me encargué de cuidarla y devolverle cada muestra de cariño que ella me regaló en mis años de vida. Me hice abogada e intenté luchar por lo que creía justo. No conseguimos nada, según el juez el Señor que había contribuido a que yo estuviera en el mundo, ya cumplió su castigo. Según mi parecer dos meses de cárcel no eran suficientes para dos vidas muertas antes de tiempo.
Han pasado veinte años, mi madre falleció hace dos y medio de otro mal que se apoderó de ella. De mi padre no sé que ha sido y me da lo mismo, por mi como si murió y sigue descomponiéndose en algún bar de mala muerte.
Y yo.. yo sigo luchando por lo que creo justo. Intentando cicatrizar las heridas de un pasado pegado a mi, intentado que el maquillaje no se convierta en la única máscara que proteja a la mujer. No lucho sola, por suerte mis manteles no tienen manchas de vino.

2 comentarios:

Jara dijo...

Recupero este escrito para seguir con la lucha contra el maltrato!

Carlos dijo...

Han declarado la dieta mediterránea patrimonio de la humanidad, y una torre humana, ah y unas piedras, y un baile, y...
Ello parece no tener relación con este tema, pero pienso que tal nombramiento conlleva ayudas en miles de € para su mantenimiento, y pienso que las mujeres maltratadas, los niños, en suma las personas maltratadas por esa escoria que es el maltratador; el sida también, o el hambre, bien podrían declararlos también patrimonio de todos, que todas esas causas recibieran la misma ayuda que bailes, plantas y piedras, la misma o más, no para conservarlas sino para erradicarlas.

Felicidades por el post y su por qué!